Crónicas,  Destinos

Veinticuatro horas en el Delta de l’Ebre

Con 86.100 km² de superficie, el rio Ebro desemboca allí donde los campos de arroz adornan el paisaje y los flamencos se tornan de color rosa; donde las aves migrantes vienen de resort en verano y donde los jóvenes, poco a poco, abandonan la comarca en busca de un trabajo estable: el Baix Ebre.

En él se decidió el final de la Guerra Civil española entre republicanos y fascistas y la muerte de casi 20.000 hombres. Nace en Cantabria y recorre el extremo nororiental de la península ibérica, pasando por Castilla León, La Rioja, País Vasco, Navarra y Aragón, hasta llegar a Catalunya. Durante este viaje recoge todos los sedimentos y arena, un trocito de cada comunidad, hasta desembocar en el Mediterráneo.

Resort en primera línea de arroz

«Tot recte, esquerre, esquerre i esquerre» («Todo recto, izquierda, izquierda e izquierda») —nos indican los lugareños del camping con su acento remarcado de l’ Ebre. Decimos que sí, aunque sabemos que el camino en carretera no puede ser tan fácil, pero qué se le va a hacer, antes de la llegada del sabio Maps todo era así, hablado y con señas.

Encontramos el parque natural del Delta de l’Ebre a 1km de donde estábamos, no gracias a las bien intencionadas indicaciones, sino gracias a un cartel gigantesco que preside en la carretera.

El camino es un triángulo de paisaje: enfrente, el mar Mediterráneo; a los lados, la llanura de campos de arroz y, detrás nuestro, la Sierra de Montsià. Tanto el primer como el tercer vértice del triángulo me pasan desapercibidos, pero no el segundo, no el verde infinito del arroz que por ahora solo había visto en aquellas tomas de turistas que van al Vietnam. En estas, muchas veces sobresale el sombrero tradicional que protege del sol a los agricultores, pero, en l’Ebre, más que sombreros, lo que resalta es el cuello erguido de un flamenco. No, espera. Uno, dos, tres, cuatro… He perdido la cuenta de los cuellos rosados que se mezclan con garzas y gaviotas.

Hotel de insectos al MónNatura del Delta de l'Ebre, Catalunya.
Hotel de insectos al MónNatura del Delta de l’Ebre, Catalunya.

Alrededor de 337 especies de aves desfilan por las lagunas y los canales del Delta. Ellas, al igual que yo, vienen a veranear al Mediterráneo en un viaje que continuará hacia sur de África en invierno. Como humanos y aves tenemos que compartir espacio, desde el año 1983 se constituyeron 7.802 ha de Parque Natural en el Delta. Solo por si las moscas, para que sigan teniendo su resort de verano.

No todo es de color de rosa

La guía que nos acompaña en el MónNatura Delta de l’Ebre tiene alrededor de 25 años, unos pantalones cortos de uniforme a lo Dora la exploradora y una gran paciencia para aguantar a todos los niños confianzudos del grupo. Dice que hay tanto arroz en l’Ebre como para llenar 21.000 campos de fútbol, pero que mucho antes del cultivo del arroz, era la sal quien reinaba en el comercio. Desde el S. X, en la época árabe, se utilizaban los granos blancos tanto como frigorífico como moneda de intercambio. Ahora, son pocas las salinas que quedan, entre ellas, las de la Trinitat.

Alrededor de estas salinas se crean las dunaliellas, un alga de tonos rosados con una alta cantidad de carotenoides. Estas algas forman parte de la alimentación de los flamencos veraneantes de l’Ebre, quienes extraen los pigmentos de los alimentos disolviéndolos en las grasas para que poco a poco se acumulen en las plumas mientras estas crecen. Son los que tienen un color rosado intenso los más atractivos para las féminas, así que muchas veces, antes del flirteo, se maquillan con una secreción aceitosa extraída de sus colas para aparentar un rosado con brillo.

Sal de color rosada a causa de las algas dunaliellas. Delta de l’Ebre, Catalunya.
Sal del pequeño salinar del MónNatura del Delta de l'Ebre, Catalunya.
Sal del pequeño salinar del MónNatura del Delta de l’Ebre, Catalunya.

La visita continúa bajo el sol poco amistoso de esta parte del globo y las curiosidades impertinentes de los niños que vienen de excursión familiar. Pero la guía no se inmuta y continúa el recorrido con aquel carisma que agradeces y con la alegría que, seguramente, injustamente no se paga bien a final de mes.

Ahora toca enseñarnos los métodos tradicionales de pesca. Se liga uno de los cordeles de la red en la mano izquierda, sujeta el plomo en la boca y gira su cuerpo menudo con aquella red de pescadores de río hasta que consigue lanzarla al agua. Nos quedamos unos segundos en silencio, esperando alguna señal que nos indicara que había salido bien o mal la muestra, pero la red permaneció en el agua hasta que fue recogida otra vez por la guía, ahora ya un poco cansada y descolocada; quiero imaginarme que ella, al igual que nosotros, no sabe cómo tienen que reaccionar los visitantes después de la demostración, así que simplemente intenta que pase lo más rápido posible. Este tipo de red de pesca se llama ‘esparavel’ o ‘rall’ y solo se permite su uso a los pescadores con experiencia, pues una vez lanzada, puedes recoger en ella cualquier tipo de especie, tanto las permitidas como las que no.

Flamencos rosados, campos de arroz, aves migratorias y pesca tradicional, todo suena a paraíso natural. Pero no acabas el recorrido sin antes tener claro un hecho obvio: el Delta está muriendo. En concreto, cada año hay de 5 a 10 metros menos de río, y es que los humanos no se lo ponemos fácil. Por un lado, hay 187 presas que retienen gran parte de los sedimentos fluviales, haciendo que la subida del nivel del mar vaya tapando de forma paulatina el Delta. Dicho esto, ya podemos irnos.

Adiós con lágrimas en el cielo

En la playa no hay nada más reconfortante que ver a alguien mientras ese alguien observa algo. Una niña pequeñita de rizos rubios edifica junto a su padre y su abuelo un gran castillo de seis torres; con sus canales fluviales y todo. Si trasladamos la mirada dos metros hacia atrás, encontramos a la madre embelesada con la estampa, con esa facción de orgullo y paz, quizás, el momento congelado y metido en un frasco se podría llamar felicidad. La niña, no es que haga mucho con sus manitas torpes aún poco coordinadas, pero delega órdenes a sus dos peones sin miramientos. «Aquesta per arquitecta; l’aparelladora, la que mana» («Esta para arquitecta; la aparejadora, la que manda» —exclama el padre mientras empieza las murallas de seguridad del castillo.

Estamos en la playa del Trabucador, un apéndice de 6.5 km de longitud que se adentra en pleno Parque Natural del Delta. Su arena fina, el paisaje plano sin desnivel para entrar al agua y la prácticamente nula explotación del paraje, la hace especial. El espacio se divide en tres zonas diferenciadas: el mar, la arena y los cometas de colores de aquellos que aprovechan el viento de la zona para hacer kitesurf.

El Baix Ebre parece tenerlo todo: fauna, flora, agricultura, mar. Aun así, la mayoría de jóvenes de la comarca emigran a la zona de Barcelona o, muchas veces, fuera de Catalunya en busca de condiciones estables de trabajo y mejoras económicas. Son varias las razones, pues los intermediarios no se lo ponen fácil a los agricultores, pagándoles precios desorbitadamente bajos por el arroz, las almendras o las uvas para la elaboración de vinos. Por otro lado, el turismo es de temporada, creando una atmósfera deshabitada en invierno. De hecho, gran parte de los catalanes prefieren vacacionar en verano en la Costa Brava o en los Pirineos, dejando a un lado el interior de Catalunya y las comarcas de Tarragona.

Pasa la tarde y llega la noche bajo la lluvia de estrellas de Sant Llorenç, que siempre llora en el cielo durante las noches de mitad de verano. Al amanecer, recogemos los escasos trastos de acampada y poco a poco dejamos en la lejanía los campos de arroz y las aves que bostezan perezosas a la nueva mañana.

Veinticuatro horas en el Delta de l’Ebre dan para mucho.

Horizonte de campos de arroz en el Delta de l'Ebre, Catalunya.
Horizonte de campos de arroz en el Delta de l’Ebre, Catalunya.
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