Nueva York
Crónicas

Un vals en Central Park

Lo primero que hice al pisar Manhattan fue ir a Central Park. Tenía la mente nublada por el jet lag y al entrar empecé a caminar sin rumbo, con la sensación de que todo aquello a mi alrededor era irreal. A pesar de que sentía el cansancio del viaje en mis piernas, descarté la opción de sentarme en un banco porque sabía que, si paraba, no me podría volver a levantar.

Era una tarde de finales de mayo y el parque estaba lleno. Gente en bicicleta, niños tratando de alcanzar las ardillas y jóvenes jugando a baseball. Y voces, muchas voces.

Nueva York es una de esas ciudades que conoces sin haber pisado. El cine y la televisión nos han nutrido desde bien pequeños de imágenes de rascacielos y luces publicitarias y, cuando finalmente pisas las calles de la Gran Manzana, parece que en cualquier momento un foco de estudio va a caer enfrente de ti, al estilo Show de Truman. Encajonada entre todos esos edificios, tenía la sensación de estar conociendo lo ya conocido, y eso intensificaba aún más el mareo que me invadía.

Esquivando un grupo de runners me adentré en el parque y encontré en él, perfectamente colocados, todos aquellos personajes que había visto en la gran pantalla: un hombre enquistado en un traje oscuro hacía volar su corbata con pasos acelerados; en un carrito rodeado de palomas oportunistas, una vendedora ambulante ofrecía maíz tostado y helados y, más adelante, tres marines vestidos de blanco reían después de ver pasar un grupo de chicas de piernas largas.

La magia de las grandes urbes recae en esa capacidad que tienen de juntar en un mismo espacio seres tan dispares. Me impresionó pensar que todas esas vidas que se deslizaban tan cerca las unas de las otras, muy posiblemente nunca fueran a entrelazarse, y que a mi alrededor hubiera decenas de desconocidos separados por la larga distancia de unos metros de cemento.

Las voces y los sonidos de la ciudad seguían retumbando en mi cabeza. Caminé un poco más y me encontré más gente, más cansancio, más mareo.

Pero de pronto, entre todos, ignorando todo lo que estaba a su alrededor, los vi a ellos dos, como si estuvieran dentro de una burbuja. En medio de ese mar de verde y gente, una pareja bailaba un vals bajo un árbol, pegados el uno contra el otro, en silencio. Quedé cautivada por la escena, pero a nadie más parecía llamarle la atención; imagino que eso también forma parte de Nueva York, las excentricidades están infravaloradas. Se movían a pasos lentos, sujetándose el uno al otro, inmersos en la música que debía de sonar a través de los auriculares que llevaban. Estaban practicando, se les notaba un punto de miedo en cada paso que daban, se observaban los pies mutuamente, concentrados. Solo levantaban la mirada cuando uno de los dos hacía un paso en falso y buscaba la disculpa en los ojos del otro con una sonrisa tímida. Pensé que quizás estaban ensayando un baile para su boda y por un instante me sentí intrusa de su intimidad, pero aún tardé unos minutos en apartar mi mirada de ellos.

Cuando finalmente retomé mi camino, me di cuenta que de pronto la ciudad me parecía más pequeña, los rascacielos menos intimidantes y las voces menos estridentes. Como si las luces de la sala de cine se hubieran encendido, y ya no importara todo el esperpéntico plató por el que había estado paseando hasta el momento. Noté que poco a poco me abandonaba esa vertiginosa sensación por la que había estado escoltada, y que la ciudad perdía ese aire artificial que llevaba respirando desde que llegué. En aquel momento, me olvidé del jet lag y dejé que los pasos de aquel vals silencioso en medio de Central Park me guiaran hacia una Nueva York más cercana, alejada de los guiones y las estrellas de cine.

Rascacielos de Nueva York
Rascacielos de Nueva York
Vistas en Central Park, Nueva York
Vistas en Central Park, Nueva York
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