Cielo, mar y tierra en Cala Pilar, Menorca.
Crónicas

Menorca: la isla de los cielos

Hace unos meses desaprendí el viaje. Le quité todo el ropaje chamuscado de prejuicios, el polvo incrustado de fotos minuciosamente editadas y lo volví a vestir con un poquito de inocencia en la parte de arriba y unos pantalones bien anchos de curiosidad. Ahora el viaje me lo llevo a todas partes, pesa mucho menos y me enseña mucho más.

Fuimos juntos en primavera, el viaje y yo, a Menorca. Justo en la salida, ambos decidimos olvidarnos de los baños en las calas color turquesa. De ese dulce trato salió el siguiente viaje. Te recomiendo no leerlo si buscas que te diga dónde ir y qué hacer, pero te prometo un trocito real de la isla a través de la pantalla.

Iván en playa Cavallería
Iván en la playa de Cavallería

Sin azul no hay transparencia

Iván conoce a diez personas en todo el mundo que le parecen felices; prefiere el frío al calor; se considera simpático, abierto, positivo e indeciso; su mayor alegría la vivió en el verano del 92 y tiene un tatuaje de una golondrina, tal y como hacían antiguamente los marineros cuando cruzaban el Atlántico o viajaban más de cinco mil millas náuticas. Si cruzaban el Pacífico o hacían diez mil millas, pues se tatuaban otra golondrina más. Él no es marinero, sino profesor de educación física en una escuela de la ciudad de Ciudadela y ofrece una magnífica cama en su casa de Menorca —siempre que, a cambio, le hables sobre allí de dónde vienes—.

Nos pusimos en contacto en la plataforma de Couchsurfing y decidí pasar en su casa dos noches de las cuatro que estaría en la isla. En la primera de ellas, me enseñó el casco histórico de Ciudadela, observamos la puesta de sol de ese sábado manso y mi paladar conoció por primera vez el bocata de sobrasada con miel.

Al día siguiente nos despertamos con tormenta y frío en Menorca. Durante esos días el viento de Tramontana despertaba las olas, turbiando así la mar. Curioso, «la mar» es de aquellos pocos sustantivos que podemos exclamar en ambos géneros. Cuando decimos «el mar» nos referimos a una cosa más común, a algo racional, a que estamos rodeados de océano y ya está, simplemente no nos sorprende su existencia. Pero, en cambio, cuando hablamos de «la mar» nos enfocamos más en toda su grandeza y belleza: nos asombramos.

El cielo gris creaba oscuridad en el agua, dejando atrás su piropeada transparencia. En parte me gustaba, porque así las calas no parecían tan pretenciosas y, además, pude focalizar mi atención en otros objetos y personajes de la isla.

Iván me acompañó a subir al Toro, la montaña más alta de Menorca. Allí arriba, la isla parecía estrujada y comprimida en una única panorámica. En la parte derecha, un gran velo de agua empezaba a cubrir la ciudad de Mahón, advirtiéndonos a donde no debíamos ir. En cambio, la costa de Cavallería estaba soleada. Parecía que Menorca tuviera más de un sol y diferentes pisos en el cielo.

Nos deslizamos por las curvas hasta llegar otra vez abajo. Tomamos dirección norte, donde nos encontramos un paisaje mucho más árido, con cimas calcáreas y los llamados «coixinets espinosos». El paisaje de la parte superior de la isla se ha podido conservar en su estado natural, puesto que, a causa del suelo rocoso, no es posible la explotación agrícola.

Caminamos por la arena roja de la playa de Cavallería, resiguiendo el Camí de Cavalls. —Amb els amics anem a sa cova, allà no hi arriba ningú (‘con los amigos vamos a la cueva, allí no llega nadie’), explicaba Iván con un sutil acento menorquín. Sus meses favoritos son los de primavera y otoño porque en verano los turistas le invadimos su casa. De mientras, durante los meses de calor, es él quien huye para ser el turista en otro lugar del globo.

El día transcurrió con lluvia, granizo, viento y, esporádicamente, algo de sol. La noche nos llegó en el faro Punta Nati —construido a principios del siglo pasado para evitar los naufragios en la zona norte— donde me prometió una inolvidable puesta de sol. Sin embargo, era demasiado de noche cuando llegamos, y es que el sol no espera a reyes.

Ventana de lluvia desde la montaña el Toro
Ventana de lluvia desde la montaña el Toro

Sin oscuridad no hay estrellas

El día 3 me despedí de un Iván acatarrado y con fiebre, no me extraña, pues en Menorca pasan las 4 estaciones del año en un solo día.

Antes de empezar el camino allí Dios sabe dónde, fui al supermercado Discont —previa recomendación de Iván para comprar productos locales—para hacer reserva de los próximos días. Cargada con plátanos, arándanos, queso de Mahón y legumbres en conserva, viajé durante todo el día encima de la furgoneta. El propio camino en carretera me parecía el lugar donde estar, el destino: praderas llenas de pasto, granjas rodeadas con muros de piedra seca, amapolas y pinos en la parte sur, encinares, olivos y un cielo cambiante a cada kilómetro de más. Los griegos llamaron a la isla «Meloussa», ‘tierra de ganado’. De hecho, casi un 30% de la superficie está ocupada por paisaje vegetal, no agrícola. De esta forma Menorca se diferencia de sus hermanas Baleares, cuyos suelos están explotados de cemento en su gran mayoría.

Decidimos, el viaje, la furgoneta y yo, dormir en el parking de la playa de Sant Tomàs. Cuando se fue el sol, el cielo nos presentó discretamente sus estrellas. Entonces, silencio. Oscuridad. Esa noche me hice íntima amiga del viaje.

Vegetación de camino a Cala Meravella
Vegetación de camino a Cala Meravella
Vegetación de camino a Cala Meravella
Vegetación de camino a Cala Meravella
Vegetación de camino a Cala Meravella
Vegetación de camino a Cala Meravella

Sin día no hay crepúsculo

Cerca del Parque Natural de s’Albufera decidí recorrer un tramo del Camí de Cavalls, partiendo desde la playa de Es Grau. Empecé a caminar y con cada paso me derretía en el paisaje. Olía a húmedo herbáceo y el suelo estaba enfangado con charcos de lluvia de ayer. De tanto en tanto me cruzaba con excursionistas que llevaban en sus espaldas lo que era toda su casa en Menorca, pues recorren el sendero de 185 km que rodea todo el litoral de la isla.

De repente, el cielo se nubló para avisar tormenta. El cielo de Menorca es como el ideal de príncipe: bello pero caprichoso. A veces de un azul intenso que duele y otras de un negro que asusta. Un par de caminantes europeos y yo nos resguardamos bajo los árboles de la Cala en Vidrier y al cabo de un rato empezamos a retarnos con la mirada para ver quién se atrevía a salir antes. Menorca se inundaba otra vez. Todos los pequeños y grandes seres, los que se arrastran y los que vuelan y hasta los excursionistas, parecían contentos. El ambiente tomó otro aura bajo la lluvia.

Otra vez, el día culminó con rojizos y ámbares que rodeaban un sol en llamas. Dicen por ahí, que el día le cuenta a la señora puesta de sol todos sus sucesos: las tormentas, los relámpagos, las pedregadas. Con la única condición que se muestre siempre bella, en calma. Así que mírala, ahí está. Qué bien sabe callar un secreto.

Puesta de sol en Faro Puntanati
Puesta de sol en Faro Puntanati
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