Crónicas,  Destinos

Ecuador desde el Asombro

Cuando somos niños cada día es una nueva aventura y nos sorprendemos por todo. Tal vez no lo recordamos muy bien, pero de adultos podemos verlo en otros niños: cómo abren los ojos ante una mariposa multicolor, árboles muy altos, el lengüetazo de un perro o algún sabor nuevo tan fascinante como una manzana. A esto le llamamos capacidad de asombro y sí, con los años la vamos perdiendo, pero cuando esto sucede debemos encontrar maneras para volver a reencontrarnos con este sentimiento.

El asombro puede tener un resultado positivo y negativo. Una vez escuché de un corresponsal de guerra un consejo muy sabio, él decía que cuando trabajas mucho tiempo cubriendo situaciones de dolor, tristeza y muerte, al final te acostumbras a tener estas situaciones en tu vida, por lo que tu umbral para sentir algo al respecto, baja. Él decía que no lo debemos permitir y que para lograr un cambio debemos parar, respirar, alejarnos y volver a empezar. 

A pesar de que este consejo venía desde un aspecto negativo, también es aplicable cuando estamos acostumbrados a nuestra propia realidad y dejamos de asombrarnos por las cosas que vemos diariamente. Es por esto por lo que existen las vacaciones, para que podamos desconectarnos y volver a empezar. Conocer nuevos lugares es siempre la mejor manera de revivir nuestra capacidad de asombro porque nos descoloca y nos resetea en nuevas tierras. Volvemos a despertar.

Chivas, Baños. Ecuador.

Primer nivel de asombro: su gente

Todo este preámbulo se los cuento ya que describe perfectamente qué me ocurrió al llegar a Ecuador. Toda mi vida escuché sobre este país, pero la verdad es que nunca imaginé sentir lo que allí sentí.

Llegamos por tierra, desde el norte de Perú, cruzamos la frontera de madrugada y Guayaquil nos recibió con un poco de lluvia y mucha humedad. El terminal de buses es gigante y nos bastaron solo unos minutos para perdernos en él. Apenas recuperamos nuestras maletas, nos recibieron un montón de personas ofreciendo diferentes buses que nos llevaban a otros sitios, pero de momento nosotras nos quedaríamos ahí, en Guayaquil.

Al salir del terminal pudimos confirmar inmediatamente que la gente de ahí desborda amabilidad. Yo ya lo suponía por Paula y Juanki, dos amigos ecuatorianos que conocí hace un año atrás, pero es que sencillamente allí todos te quieren ayudar. 

Estábamos paradas frente al metro con mi hermana preguntándonos cómo entrar en él, con cara de perdidas, con nuestro mapa en la mano y sin saber qué hacer. En ese momento, dos chicos que estaban vendiendo goma de mascar en la entrada nos preguntan si necesitamos ayuda, les decimos que sí, nos explicaron todo el sistema y hasta en qué estación debíamos bajar. Incluso, como teníamos que pagar con monedas, nos ofrecieron cambiar y listo, problema solucionado. 

De hecho, los días posteriores nos dimos cuenta que para usar el transporte público necesitábamos una tarjeta que obviamente había que pagar aparte. Pero los ecuatorianos tenían el sistema que si le pasabas el costo del pasaje a cualquier persona, ellos te dejaban usar sus tarjetas como favor hacia el turista y, de esta forma, no tenías que pagar más por una tarjeta que probablemente no volverías a usar.

Lo primero que trajo de vuelta mi asombro fue su gente. Lamentablemente, ya me había acostumbrado a la poca voluntad que veía en otros lugares, y los ecuatorianos me recordaron que sí se puede ser amable, que siempre te puedes tomar 5 minutos para prestar atención a alguien más.

Segundo nivel de asombro: su naturaleza

Ya en Guayaquil nos dimos cuenta que es una ciudad que fascina, pero puedo destacar dos sitios que me dejaron con los ojos tan abiertos como una niña de 4 años. En primer lugar, la plaza de las Iguanas, a cuyo sitio no podía dejar de ir. La plaza de las Iguanas en realidad se llama parque Seminario y, al menos en 2017, contaba con más de 350 de estos reptiles. Actualmente, no sé si habrán tantas, pero sí las suficientes para que puedas ir con un par de lechugas y pasarte un buen rato dándoles de comer.

Iguana de Parque Seminario, Guayaquil. Ecuador.

En segundo lugar, la Isla Santay. Este lugar me maravilló con su naturaleza, es una isla llena de manglares, con muchísima vegetación y diversos animales. Puedes cruzar hasta ella desde Guayaquil, por un puente que tiene 800 mts de largo o en bote. Si decides cruzar el puente, también puedes arrendar bicicletas, ya que gran parte de la isla cuenta con una ruta de puentes en el medio de los manglares. Esta isla despertó mi asombro desde el olfato, creo que nunca antes había podido sentir tantos olores diferentes: la frescura de la vegetación verde y húmeda, la tierra mojada, los manglares. No solo podías ver la isla, sino también olerla y escucharla, un derroche de emociones para todos los sentidos.

Luego seguimos nuestro camino hacia el interior de Ecuador, en las puertas de la selva, una pequeña ciudad llamada Baños de Agua Santa. Aquí pudimos ver una explosión de turismo aventura, pero también maravillarnos con montañas y cascadas enormes, con verde por donde miraras y muchísimas actividades que hacer. Aquí el asombro volvió en un abrir y cerrar de ojos la primera vez que descendí amarrada solo con un arnés por una cascada, desafiando mi miedo a las alturas y confiando mi vida a un chico de unos 20 años que sostenía mi cuerda. Grité desde lo más profundo de mi estómago mientras veía pasar a mi lado cientos de helechos, que igual que yo, luchaban por mantenerse con vida bajo el agua. Bueno, supongo que su lucha era más larga que la mía que tardé solo 5 segundos en tocar la tierra, pero me dejó más viva que nunca.

Baños de Agua Santa, Ecuador.

Tercer nivel de asombro: su comida

Continuamos el viaje y nos dirigimos a la costa ecuatoriana, tratando de buscar la Ruta de Spondylus. No la encontramos, pero sí logramos llegar a un pueblito de pescadores llamado Ayangue. Como era verano, había mucha gente, pero no fue razón para perder su autenticidad. Decidimos simplemente llegar y buscar ahí mismo dónde dormir. Nos bastaron un par de vueltas por el lugar y rebotar de un sitio a otro por consejos de los mismos lugareños hasta que encontramos hospedaje, dejamos nuestras cosas y nos fuimos directo a almorzar. Nuevamente la amabilidad de las personas nos sorprendió. En la misma playa, hacia la derecha y al final de diversas cocinerías, está la de Doña Juanita, donde ella misma te ofrece su mejor plato de pescado frito y puedes disfrutarlo mirando el mar, a la sombra y con las patitas en la arena. ¿Qué más se puede pedir? 

Tortilla de Verde

También me gustaría contarles sobre la tortilla de verde ecuatoriana, uno de mis platos favoritos de la costa ecuatoriana. Se trata de una mezcla de plátano verde que se rellena con diversos ingredientes, personalmente la que más me gustó tenía carne, huevo frito, tomate y palta. Aquí el asombro llegó de la mano de ese mar de aguas turquesa, de la brisa marina y del pescado de Doña Juanita: directo al paladar. 

Ayangue, Ecuador.

Así nos despedimos de Ecuador, gozándolo desde el asombro, renovando nuestro umbral, sorprendiéndonos día a día. A pesar de que solo estuvimos unos pocos días recorriendo sus tierras, nos bastó para reiniciarnos igual que una computadora, a cero, y desde ahí partir a nuestras casas viendo todo diferente, como si fuera nuevo. 

Regresar a Ecuador será siempre mi mejor manera para volver a ver y sentir con ojos de niña, a encontrar el asombro en cada esquina, en su gente, en sus animales, en su historia, sabores, olores y vida.

Sin dudas volveremos, nos faltó muchísimo por conocer. 

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